lunes, 16 de julio de 2012

Nuestras propias emociones. ¿Y esas quién las traduce o interpreta?

Qué os voy a contar: es lunes, algunos amigos se han ido de vacaciones, el país está…bueno, está como está, y muchos nos sentimos más que «quemados» a estas alturas del verano... así que me gustaría hablar de algo que, si bien no parece relacionado directamente con la traducción o la corrección, sí lo está de forma indirecta, y que nos ayudará a relajarnos un poco más.

En los últimos años me he visto envuelta en muchas situaciones de tensión (o estrés, de origen anglosajón). Debo confesar que nunca fui una persona excesivamente relajada. Efectivamente, mi cuerpo siempre parecer estar en tensión, así que tengo que trabajar mi serenidad —y, por ende, la seguridad— mucho más que otras personas, que parecen traerlo de fábrica. ;-)


Esta niña que fotografié en el Louvre sabe más que nosotros.
Casi dejo la cámara y me voy con ella.


Es verdad: cuesta asumir que necesitamos trabajar de forma voluntaria, consciente y con mucho esfuerzo nuestra propia paz interior… y que siempre volveremos a caer en el «vicio» y tendremos que reubicarnos nuevamente... pero no caigamos ahora en la autocompasión: ¡no estáis solos! El burro delante, para que no se espante: soy muy nerviosa y nunca paro quieta, pretendo analizar todo lo que pasa a mi alrededor cada minuto, cada segundo, y todo eso acaba ejerciendo mucha presión tanto en mi cuerpo como en mi mente. 


Sí, mis dedos también están cabreados: ¡se pasan ocho horas al día tecleando!

Así pues, cuanto antes comencemos, antes obtendremos las técnicas para poder recolocarnos siempre que lo necesitemos. ;-)  Dejemos a un lado pastillas milagrosas, amuletos, virgencitas o estampas de buena suerte, que me parece a mí que esas no nos van a dar la «paz interior»... la cual, además, con ese nombre, parece una especie de talismán de una galaxia lejana o una chapa especial del Foursquare. Ya me veo a algunos intentando alcanzarla con los ojos cerrados, sobrevolando un cielo nocturno estrellado y con el puño abierto, a ver si la pillan. 

Por cierto, tampoco me vale que culpemos a los que nos rodean. Sí, vale, es cierto que hay personas o situaciones que nos «inspiran» deseos de golpear al objeto de nuestra perturbación en la fuerza, pero, en el fondo, sabemos mejor que nadie que solo depende de nosotros y de cómo lo enfoquemos.

El exterior puede y debe afectarnos —si no, no aprenderíamos absolutamente nada, y todos somos aprendices, ¿no?—, pero puede hacerlo de muy diversas formas.

De vez en cuando, la serenidad y la seguridad son imprescindibles para poder recorrer el camino de la vida con más calidad, no solo en el ámbito personal sino también en el profesional, especialmente si uno es su propio jefe —caso aplicable a los traductores, correctores e intérpretes—, así que me gustaría poder compartir con vosotros este ejercicio, que planteé espontáneamente en mi Twitter personal y me ha dado para una entrada de blog (al final, vaya rollos os suelto).

Nuestro amigo Diego ha tenido la amabilidad de posar
para este blog y enseñarnos qué es eso de la paz interior... 


1. Crear una tabla simple en un documento en Excel, Word... o bien en algún otro programa que utilicemos y que nos guste más. Ya hablaremos en otra entrada de los programas que podemos utilizar para ser creativos con nuestros «deberes».

2. En la tabla, deberemos crear dos columnas con esas dos emociones secundarias: la serenidad y la seguridad, que coexisten y que podría decirse que no pueden darse la una sin la otra. La tarea es muy sencilla: debemos apuntar en cada columna aquellas situaciones o acciones propias y ajenas, acontecimientos, que nos hagan experimentar dichas emociones.

Os pongo algunos ejemplos propios: escribir para felicitar a una nueva empresa por su negocio, que me pareció muy interesante, y que me contacten de vuelta para charlar y visitar sus oficinas; el haber visitado hace dos sábados la exposición de Hopper en el Thyssen; pasear y mojarme los pies en Riazor  este fin de semana (¡por fin!); o el haber dormitado en el sofá un domingo después de un buen desayuno (ejem, esto es muy común en mí).

3. Si os gusta y lo conseguís: comentad en esta entrada. La semana que viene podríamos intentar intercambiar en este blog una pequeña lista de lo que hemos apuntado. Cuantas más tengamos, más fácil nos será luego recuperar nuestra posición de serenidad y tranquilidad con nosotros mismos.

4. Lo más importante: si anotamos esas situaciones, podremos recrearlas o reproducirlas en el futuro, repetirlas, para crear más situaciones similares que nos aporten serenidad y seguridad

Todo esto parece una sesión de coaching o una lección psicología barata, lo sé, ¡pero funciona! Lo sé porque muchas veces me he sentido ridícula a la hora de apuntar ciertas notas mentales y lo he abandonado antes de tiempo, pero cuando por fin me decidí a hacerlo me di cuenta de que sí funcionaba.

Muchas personas somos ricas intelectualmente, pero, a veces, nuestra inteligencia más importante, la emocional, está abandonada. Aquí, servidora levanta la manita la primera. Si preguntas a casi cualquier persona, es muy posible que te mencione, ante todo, las emociones primarias, con las que todo ser humano nace: la rabia, la sorpresa, la alegría, la tristeza y el asco. Sin embargo, al crecer y relacionarnos con el mundo exterior, solemos adquirir otro tipo de emociones, consideradas secundarias porque, en realidad, proceden de las primarias y no se consideran BÁSICAS para sobrevivir, aunque sí para vivir con calidad, como ya he comentado antes. Frustración, nerviosismo, pasión, emoción, ilusión, orgullo, nostalgia, melancolía… son solo unos pocos ejemplos de emociones secundarias, derivadas de las básicas. Hay tantas como personas.

Muchas veces, durante nuestra vida —en la infancia y adolescencia, especialmente—, ciertos hechos o circunstancias nos marcan, obstaculizando nuestra capacidad de desarrollar esas emociones secundarias. Así, el miedo acaba limitándonos, lo alimentamos y se hace poderoso; utilizamos la ira o la agresividad contenida, la tristeza o la alegría exagerada en muchas ocasiones que podríamos salir más airados con aceptación, decepción o ilusión… emociones ciertamente más reflexivas.

Si habéis llegado hasta aquí, ahora sí que os merecéis una chapa especial, o badge según nuestro querido Foursquare... pero no caigamos ahora en la ira con las malas ¿traducciones? de este sitio tan conocido, recordad lo que hemos hablado y hagamos el ejercicio ;-)

¡Feliz semana!

(Fotografías: todas tomadas por mí; algunas están en mi galería Flickr)

lunes, 9 de julio de 2012

Todos somos aprendices

En estos tiempos tan modernos —como diría mi abuela, a la que tanto echo de menos—, parece que tenemos que llegar al mundo «comidos y servidos»; parece que no es correcto apostar por esa gente que llega a una estación con una maleta llena de ilusión y aptitud; muchas veces se nos exige conocer de arriba abajo el libro de instrucciones de la vida: cultura, música, diseño, moda, empresa y negocios, ciencia, política, idiomas, viajes… Debemos tener repasada la lección, desde la portada hasta la última página. Si no la sabemos —y esto es lo peor de todo—, debemos «fingir» que sí la conocemos delante de los demás: el aprendizaje y el ser principiante se han identificado con algo muchas veces vergonzoso, especialmente a partir de determinada edad.

La palabra principiante procede del verbo principiar, que significa comenzar (¡a aprender o hacer algo!). En ella no existe ningún matiz que implique la ausencia de aptitud. Si alguien comienza es porque, lógicamente, quiere actuar. Positivo, ¿no?

Muchos empresarios, colectivos o, simplemente, personas, no parecen tenerlo tan claro. ¿No es mejor invertir en gente activa, con potencial, con ese brillo en los ojos que denota ilusión y esfuerzo? ¿Es necesario que esas personas no puedan beneficiarse de la misma oportunidad que aquellas que se han «estudiado» la vida desde muy jóvenes?

Hoy estaba preparando mi sección de «Curiosidades etimológicas» para la revista de traducción Traditori —que os recomiendo leer si aún no lo habéis hecho— y acabé hablando del origen de la palabra robot. Resulta que esta palabra procede del checo «robota» y significa trabajo forzado, servidumbre o esclavitud. En esta sociedad muchas veces parece que debemos forzarnos a saberlo todo, lo que da lugar a no saber nada. ¿No creéis que actuamos como robots o autómatas en algunas ocasiones? ¿Qué parece pedirnos la sociedad? ¿O qué creemos que debemos darle? ¿No empezamos la casa por el tejado?

Si lo hacemos, no disfrutaremos... ni aprenderemos.

Me gustaría dejaros con esta reflexión hoy, que es lunes y principio de semana, para que tal vez a lo largo de la misma nos encontremos con personas con gran capacidad de aportarnos algo nuevo y que tal vez hayamos ignorado hasta ahora.

Esta vida es corta, fugaz, y hemos venido a disfrutarla. Para disfrutar uno debe aprender sin prisa, pero sin pausa, sin condicionamientos, sin exigencias fuera del guión adecuado, sin ser ridiculizado, y solo aplaudido cuando de verdad consiga un logro, uno tras otro. La vida es un aprendizaje, un camino en sí misma, nunca llegaremos a saberlo todo.

El mayor miedo del ser humano es lo desconocido y, tal vez por eso, la gente siente a veces tentaciones de evitar que otros se adelanten o sean más valientes.

Yo seré aprendiz toda mi vida, ¿y vosotros?

Feliz lunes.

(Esta entrada está dedicada, en especial, a Mónica Basterrechea y a Mercedes Flores, por su amistad y sus ganas de transmitirme conocimientos, buenas vibraciones… y comprender que todos estamos en constante aprendizaje)