jueves, 6 de junio de 2013

La memoria de traducción: una propiedad intelectual

A raíz de una pequeña conversación con algunos colegas de profesión, como Curri, he querido plantear aquí una de las cuestiones más polémicas de nuestra profesión: las memorias de traducción y la propiedad de las mismas.

Si nosotros realizamos una traducción, lo habitual es que comencemos a crear una memoria de traducción. En mi caso, en el de PLR, es más necesario si cabe, puesto que trabajo a diario con traducciones técnicas, científicas y médicas que siempre aportan una gran cantidad de terminología específica que puede y, de hecho, reaparece en las siguientes traducciones. Sin ir más lejos, esta semana, trabajando en una patente, he recurrido a una memoria que creé para una patente anterior similar, algo que me ha ahorrado trabajo y tiempo, algo realmente valioso en el caso de las patentes.



En resumen: los traductores consideramos las herramientas TAO (Traducción Asistida por Ordenador) como una utilidad que nos ayuda a mejorar nuestra productividad (rentabilidad: más trabajo realizado en menos tiempo). No obstante, como ya sabemos, muchas empresas acaban recurriendo a esta herramienta para aplicar descuentos, pudiendo así ganar más beneficios o rebajar la tarifa a los clientes, fidelizándolos por las tarifas ajustadas. Añadimos que dichos clientes recurren precisamente a esta «excusa» para aplicarnos descuentos con las memorias, pero la cuestión es que dichas memorias tienen muchas más utilidades, como contribuir a la unificación de los textos de un proyecto o de un campo y la posibilidad de mantener una gran coherencia y cohesión en dichos textos. 

¿Y qué pasa con las memorias de traducción generadas con las TAO? Si nosotros realizamos una traducción, nosotros somos también los que creamos la memoria correspondiente. Muchos colegas de profesión se preguntan por qué deben ceder dichas memorias a las agencias o clientes, puesto que, al fin y al cabo, se trata de una cuestión de propiedad intelectual (nuestros conocimientos y trabajos de investigación están volcados en dicha memoria); por otra parte, el cliente puede llegar a considerar que es suya, al menos en parte, porque es él el que nos ha facilitado los textos y, en algunas ocasiones, documentación de referencia que nos ha ayudado a traducir y a enriquecer o crear esa memoria, de modo que sin esa documentación tampoco dispondríamos de dicha memoria nunca y no podríamos utilizarla para otras traducciones del mismo campo y, tal vez, de otro cliente.

No vamos a entrar ahora en el debate del todo, pero... ¿es o no la memoria de traducción una propiedad intelectual? Desde aquí, desde PLR, decimos que sí, que lo es siempre que seamos nosotros quienes la alimentemos o creemos, por supuesto. Es nuestro trabajo.

Las memorias: parte de nuestros conocimientos

Por otra parte, en caso de que nosotros no pudiéramos cumplir con nuestro acuerdo y seguir traduciendo la misma temática para el mismo cliente... ¿deberíamos ceder la memoria o dejar que sea el cliente quien vuelva a crearla junto con otro nuevo colaborador? La cuestión moral que a mí se me plantea es esta: estamos de acuerdo en que las memorias creadas exclusivamente para nosotros deberían ser de nuestra propiedad y no del cliente, pero... ¿qué pasa con las que recibimos parcialmente preparadas? ¿Cómo protegemos la parte que hemos aportado nosotros? En ese caso, ¿deberíamos devolvérsela al cliente? Y algo que me parece aún más complicado: ¿qué pasa cuando utilizamos memorias ya elaboradas por otro proveedor —o varios, probablementey nos resultan útiles para otros proyectos propios que no pertenecen al mismo cliente? 

Otra cuestión es la de los acuerdos de confidencialidad: cuando no hemos firmado un acuerdo o bien dicho acuerdo no contenía ninguna cláusula de confidencialidad relacionada con la propiedad de las memorias— ¿qué obligaciones se contraen respecto a las mismas? En teoría, en este caso, no deberían existir obligaciones de ningún tipo, pero si hemos creado dichas memorias basándonos en documentación siempre perteneciente al mismo cliente, ¿no existe acaso algún tipo de vinculación? Y lanzamos otra pregunta: ¿pedimos nosotros a un médico o abogado que firme un acuerdo de confidencialidad en nuestra presencia? Como veis, nadie firma un acuerdo explícito, pero parece que todo está veladamente implícito.



En teoría, es obligación también del cliente o agencia mantener dicha confidencialidad con las memorias y nuestra propiedad intelectual en general. Ahora bien, de la teoría a la práctica...

Por cierto, aprovechando esta entrada, comunico que he realizado un cambio en mi Twitter personal. Ahora será @plluberas, ¡no olvidéis enlazarlo correctamente si os animáis a tuitear la entrada!


4 comentarios:

  1. ¡Ay... qué tema más extenso e interesante! Precisamente de eso trata mi TFG, así que en unas semanas lo colgaré en mi blog, ya que apenas hay nada escrito sobre ello. Un artículo de Jorge Marcos sobre las MT desde un punto de vista jurídico me dio la idea de ahondar más en este pozo sin fondo, y la verdad es que no me arrepiento. Uno de los temas más controvertidos del trabajo es determinar quién es el titular (titular y no propietario ni autor) de una MT. La respuesta es... depende. Depende de tantos factores (el primero, determinar si la MT se puede considerar obra o no, y dependiendo de la respuesta, existen también varios supuestos) que casi que espero a cuando lo publique, porque me puedo morir aquí, jaja.

    Saluditos

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    1. Es un tema interesante, Merche. Espero poder leer pronto algo de tu TFG para ver si podemos descubrir nuevos horizontes que nos arrojen un poco de luz. ;)

      Estamos de acuerdo: depende, no siempre está claro.

      Un abrazo y gracias por responder.

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  2. Depende del acuerdo al que hayan llegado las partes. En traducción literaria tengo entendido que es más común que la propiedad intelectual (PI) se la quede el traductor, que se la cede a la editorial bajo ciertas condiciones. En traducciones más comerciales, la PI se la suele quedar el cliente final. Esto incluye los contenidos secundarios, como las memorias de traducción, pero no los glosarios, que crea independientemente el traductor. Esto no quiere decir que el traductor esté obligado a darle las memorias resultantes al cliente, esto solo si lo acuerdan las partes.
    Esto es como con las licencias Creative Commons: si permiten compartir libremente, pero no hacer derivados, entonces no se permiten traducciones. La traducción, en la mayoría de casos, sale del original y no puede existir sin este.
    En cualquier caso, la PI en la traducción es un campo de minas. En este artículo de TAUS (http://www.translationautomation.com/articles/clarifying-copyright-on-translation-data), que trata especialmente de la reutilización de esas traducciones con ánimo de lucro, detallan el problema y acaban concluyendo que la ley debería ser más precisa al respecto.

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    1. Hola, Jordi:

      Efectivamente, creo que está un poco más claro en la traducción literaria, pero eso es normal, ya que en este campo y en alguno otro queda muy claro que existe una PI y una «creación» o una obra. Esto también es discutible, pero no seguiré aquí. ;-)

      Sin embargo, en general, es un campo de minas como bien dices, puesto que juegan muchos participantes y nunca sabemos a ciencia cierta hasta qué punto es lícito que el proveedor ceda o no una memoria (teniendo en cuenta que se basan en archivos proporcionados por un cliente), del mismo modo que nos inquieta cómo actúa el cliente con esas memorias que, al fin y al cabo, sí son hasta cierto punto PI.

      Del artículo que me has pasado, que es muy interesante ,me quedaría con esto:

      ''The translation industry today is under tremendous pressure to keep up with market demand. Volumes keep growing, turnaround times are shrinking and the cost per word has to come down. There are not enough professional translators in the world to meet this demand. By introducing more openness and greater ‘shareability’ of data under specific conditions into the current copyright law, the translation industry would be able to innovate and automate processes more efficiently, and in everyone’s interest.''

      No hay suficientes proveedores para satisfacer la demanda -aunque a veces creamos que lo que falta es trabajo o que no hay para todos los traductores que cada año se licencian o comienzan su actividad, pero esto es otro tema que ya abordaré en otra entrada-, así que, al final, las MT y otras herramientas se convierten en una baza para contribuir a la unificación, coherencia y productividad.

      Como siempre, mi teoría sobre seguir una escala de grises, y no blanco o negro, sigue pareciendo la mejor opción. Es decir, DEPENDE: asegúrate de qué acuerdos firmas y qué cláusulas contienen a este respecto, habla con el cliente sobre esas inquietudes, verifica qué tipo de cliente es (si es una agencia hay muchas más posibilidades de que tu memoria circule entre muchos traductores y no vuelva a ti), etcétera. Decide si es conveniente o no para ti. Es tu trabajo, es tu profesión y son tus clientes: tú debes valorar y ellos también. Al fin y al cabo, somos emprendedores y nosotros también decidimos para quiénes queremos proveer servicios.

      También hay algo que importa: hay documentos que necesitan ser revisados siempre (las patentes, por ejemplo, como en el caso que pongo en mi entrada), así que sí que me creo en el deber de ceder la memoria para que el revisor pueda realizar correctamente su trabajo y posteriormente haya un intercambio de opiniones entre ambos.

      Gracias por tu comentario, siento el retraso en contestar, ¡no sabía que estaba pendientes de aprobación!

      Un abrazo,

      Patricia

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